Las gallinas ponen huevos (II)

La casa del cerro

La Pinta caminó, muerta de miedo, toda la noche. Ya estaba amaneciendo cuando vio una casa solitaria. Se coló por un cercado, se escondió en un montón de leña y, agotada, se durmió.

“Ni para caldo valía ya” dijo la jefa enfadada cuando descubrió que la Pinta no estaba en el corral. “Si quiere, que vuelva; y si no, que se entienda con los zorros”. Después de esta maldición agarró el cesto y se fue a inspeccionar los nidales. Y como cada día, aprovechó el viaje para echar la bronca a las gallinas por no poner los huevos que ella reclamaba.

  • “La vieja nos explota”.
  • “No nos echa de comer y tenemos que picotear todo el día para pillar algún bichito”.
  • “Es que ya no tenemos fuerzas ni para poner un huevo a la semana”.
  • “Como la cosa siga así acabamos en el puchero haciendo caldo”.
  • “Ya te digo. La Pinta ha sido la más lista de todas”

Todo esto y mucho más cacareaban las gallinas soliviantadas, pero no se les ocurría ninguna solución.

Mientras tanto yo había hecho un amigo. Le llaman Mastín, pero yo creo que es un perro. Cada tarde, al terminar su turno con las cabras, Mastín venía a buscarme para rondar por el pueblo, porque tenía que vigilar que todo estuviese bien.

gallina dentro

El día que se fue la Pinta nos quedamos todos muy preocupados. Nos reunimos unos cuantos y, después de analizar la situación y los riesgos, Mastín y yo nos comprometimos a ir a buscarla. Enseguida encontramos el rastro, porque somos buenos especialistas, y después de un largo trecho sin perder la pista vimos una casa a lo lejos, en un cerro. Como ya era tarde decidimos volver al pueblo porque mi amigo aún tenía un servicio de vigilancia. Quedamos para ir el día siguiente, pero Mastín fué sancionado por retrasarse y no pudimos vernos hasta la semana después. Solo entonces salimos de nuevo a buscar a la gallina. El rastro casi se había perdido, pero los dos sabíamos bien cómo ir hasta la casa. Tardamos un buen rato, pero una vez allí, un golpe de aire nos confirmó que la Pinta no estaba lejos. Fuimos rodeando la tapia hasta que descubrimos un hueco por donde pasar. Bueno, pasé yo, porque mi amigo se quedó encajado y no iba ni para adelante ni para atrás. Qué susto. Por fin pudo recular y, resignado, se quedó vigilando por fuera del vallado. Una vez dentro la cosa ya era bastante fácil, o lo parecía. Efectivamente, allí, enfrente de mí, estaban las gallinas.

Pero ¡horror! Había muchas gallinas, y por lo menos quince o veinte eran iguales que la Pinta; un poco más gorditas, pero idénticas. ¿Cuál era la nuestra? ¿Por qué todas olían igual que ella? ¿Estaban las otras gallinas intentando ocultarla?  ¿De verdad la Pinta estaba allí?

Como yo no tenía conocimientos avícolas para poder contestar a esas cuestiones, y tampoco podía plantearme un reconocimiento de proximidad, opté por volver a donde estaba mi amigo, a ver si se le ocurría algo. En cuanto crucé la valla, se acercó corriendo una de las gallinas. Era igualita que la Pinta y nos miró con alegría contenida desde el hueco. Era ella, pero estaba reluciente y mucho más contenta que la Pinta que conocíamos. Nos dijo que en la casa vivían unos granjeros que las cuidaban super bien y que les daban un pienso muy rico. Y algunos días, maíz.

  • Fíjate como me he puesto en pocos días, decía la Pinta. Si parezco más joven.
  • Y ahora pongo un huevo casi todos los días. Dicen que son muy buenos, y los colocan con mucho cuidado en un cesto que pone “Huevos Camperos Calidad Extra”.
  • Aquí si que se está bien.

Resulta que la Pinta se encuentra muy a gusto con sus compañeras, y los jefes la felicitan por los huevos tan estupendos que pone. Parece que la Pinta ha encontrado un trabajo y un hogar. Lo mejor de todo es que ya no tiene esa congoja que se le agarraba al pescuezo cuando lo de la jefa, la gallina y el caldo.

Mi amigo y yo volvimos caminado despacito hasta el pueblo, pensando si decirles a los otros que habíamos estado con la Pinta. Se lo contamos solo a sus dos mejores amigas, que se pusieron contentísimas con la noticia. Y, por si de repente se les venía alguna loca idea a la cabeza, también les señalamos el camino que tenían que seguir para llegar a la casa del cerro.

 

 

 

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