Edificio Baxter Parte II- Un extraño equipo de alto rendimiento

Una mañana.

Desde hacía tiempo, encontraba extraño algún elemento del desayuno de Alberto. Estaban sus tostadas, la agenda con su bolígrafo rojo, el café, los dos móviles, unas notas de trabajo que repasar, algo de fruta y un colorido cómic que había sustituido al periódico. Apenas tocaba su desayuno ni repasaba su agenda. Un gesto de preocupación se transformó en una irónica pregunta: “¿Por lo que veo, estáis apretados de trabajo?” Alberto enrolló el cómic y le contestó: “Uf, no te lo puedes imaginar, no paro de prepararme para el nuevo proyecto” “¿No estarás descuidando el trabajo?” Preguntó inquieta Esther señalando el tebeo. Los ojos de Alberto hicieron zigzag entre el cómic y la cara de preocupación de su mujer: “Bueno, últimamente te veo animado y ya sabes cómo te pones cuando tienes que dirigir …pero vamos, que me alegro de tu cambio de actitud”. Alberto le sonrió mientras recogía la agenda, los móviles y su cómic de los 4 Fantásticos. “Tu nueva afición por los tebeos esos… no sé, ¿no estarás pasando de todo?”, aseveró Esther. Alberto sonrió, le dio un beso en la mejilla y, antes de darle otro cariñoso beso, le dijo alegre: “No subestimes la cultura popular, es un buen reflejo nuestro y, si la enfocas, puede darte muchas ideas y aprender de ellas”. Alberto se puso la chaqueta y antes de abrir la puerta se despidió de Esther: “Me voy que hoy tengo jaleo en la oficina, volveré tarde… bueno, como siempre”. Esther cogió uno de los tebeos de Alberto, lo abrió, la mujer invisible protegía a unas personas de unos disparos al mismo tiempo que atacaba a un extraño ser. Esther cerro el cómic, lo metió en su maletín y se dispuso a marcharse al bufete.

Una tarde.

El ruido del teclado al pulsar empezaba a coger ritmo, los dedos de Alberto se dejaban llevar. Se quedó pensativo un momento. Sus ojos se movieron rápidamente entre las celdas del documento, la botella de agua, Susana que entraba en su despacho, el móvil y ¡vuelta a los datos del documento! Tras esperar un pie que la invitara a hablar, Susana se lanzó: “Estoy preocupada Alberto” “¿Que pasa?”, preguntó Alberto sin levantar la vista de su pantalla. “Juan lleva reunido un buen rato con los de cuentas y no tenemos noticias suyas”. “No te preocupes Sue, digo Susana, se las arreglará bien, es su fuerte, aunque tendría que haber esperado a analizar una estrategia…”, “O dejar que le acompañara”, contestó Susana dejando unos papeles sobre el teclado. Alberto los agarró firmemente y, mientras comenzaba a leerlos, le dijo a Susana: “Encárgate de coordinar lo de Pacheco y estate alerta, puede que llame Juan pidiendo ajustes”.

Alberto sintió hambre cuando Susana le recomendó comer algo mientras salía del despacho, pero la satisfacción al leer el informe de Susana le recordó que no merecía la pena seguir revisándolo, y volvió a las celdillas del Excel.

Comics Marvel World Wide

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Con un enérgico saludo, Benjamín intentó apartar a Alberto de la pantalla de su ordenador; este le saludo vagamente con un ligero movimiento de cabeza y volvió a la cálida luz azulada del monitor. Benjamín, con gran entusiasmo, le narraba sus progresos. Poco a poco su tono se tornó melancólico, embarrando sus avances con sus problemas para relacionarse. Alberto sonreía pensativo mientras escuchaba con paciencia a Benjamín. En cuanto hizo una de sus dramáticas pausas, Alberto le felicitó por haber convencido al director de proyectos de que les concediera más tiempo “y en medio de una partida de dardos rodeados de tiburones en busca de un ascenso”. Benjamín sonrió. Alberto pudo ver sus característicos ojos tiernos, que Benjamín escondía entre su nariz de boxeador encajados en su rudo rostro. Benjamín apartó su mirada avergonzado. Sin mirar a Alberto le preguntó en qué andaba metido; Alberto le puso al día y, al instante, los dos repasaban la hoja de cálculo. Mientras, Juan se enfrentaba solo a un gran peligro, el departamento de cuentas.

La puerta del despacho se abrió de golpe, una cínica y siniestra sonrisa dio paso a una amenaza. Alberto sabía que venía a provocar. Víctor estaba resentido porque el proyecto no había caído en sus manos. Benjamín se abalanzó sobre Víctor. La retórica de Benjamín golpeó a Víctor haciéndole retroceder. Incapaz de defenderse, Víctor solo podía esquivar los golpes con unas vagas escusas, esperando el momento para golpear. El temperamento de Benjamín le dio la excusa perfecta para atacar los puntos débiles del grupo. Benjamín soportaba los golpes con entereza, eso le concedía un tiempo a Alberto para reordenar sus ideas y contratacar; tenía que darse prisa, no sabía lo que Ben iba a ser capaz de aguantar. De pronto, desde el quicio de la puerta, una retahíla de los beneficios del proyecto paralizó a Víctor y, como si estuviese bajo una fuerza invisible, fue expulsado del despacho. Susana con una sonrisa pícara le despedía.

“Buen trabajo chicos,” dijo Alberto mientras se dejaba caer en su silla, “creo que tenemos que tomarnos un descanso. ¿A quién le apetece un café?”. Cuando se disponían a salir del despacho, el móvil de Alberto sonó furioso. Juan parecía desesperado, aunque insistía en arreglarlo él solo. Benjamín le rugió pidiéndole unos minutos para que todos se centrasen, Juan enmudeció. Alberto comentaba sus impresiones, Ben y Susana intentaban rematarlas, cuando la voz de Juan se alzó entre el murmullo: “Benjamín, ¿qué acabas de decir?” “Pues…” “Tradúcelo en números y…” “Ya casi lo tengo”, espetó Alberto zanjando el intercambio de interrupciones. “Susana va para allí, Juan” gritó Benjamín. Juan se despidió agradeciendo la ayuda de Susana, su sutileza al narrar los datos iba a ser un buen apoyo. Benjamín, con decisión, retocó el documento, Alberto lo revisó y Susana salió disparada dispuesta a dar batalla. Las esperanzas del proyecto estaban en sus manos.

Otra tarde.

Entre cervezas y comida, Alberto se deshizo en alabanzas al equipo, recordando las hazañas que los había llevado a la viabilidad del proyecto, remarcando cómo habían trabajado en equipo. Todos le escuchaban atentos y divertidos pues Alberto parecía narrar una gran epopeya. Solo le cortaban los chistes de mal gusto que Juan hacía de Benjamín. Este cada vez tenía más fruncido el entrecejo. Saltó sobre Juan, que se reía mientras intentaba librarse de Benjamín. Susana y Alberto intentaban separarles cuando sonó el teléfono de Alberto. “Chicos, es el jefe. Quiere que nos encarguemos de otro proyecto inmediatamente. Me ha mandado los datos, en una semana quiere una propuesta”. Todos cogieron sus abrigos y se dirigieron a la puerta hablando con entusiasmo: “Voy a empezar a echar cuentas, Susana ayúdame con las previsiones”, “Hay que esperar a tener la idea clara”, “No os preocupéis, ir haciendo una estimación mientras Benjamín y yo lo analizamos”. Mientras los cuatro salían del bar, unos misteriosos ojos los vigilaban desde el fondo de la barra.

Epílogo: Esther miraba con preocupación el nombre de su nuevo cliente mientras golpeaba con su dedo índice la acusación. Un caso difícil y comprometido: “Voy a necesitar plena confianza y compromiso por parte del equipo”, pensaba mientras abría un cómic. Esther pasaba las hojas de Los Vengadores tomando notas. Su motivación aumentaba al ritmo de su lectura.

 

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